Temor en Hughes, un pueblo que depende del frigorífico

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El frigorífico de Hughes, en el kilómetro 303 de la ruta 8, al sur de la Pcia. de Santa Fe

“Al día siguiente que cerraron el frigorífico, el pueblo estaba vacío; no hubo almacenes, no hubo clases, no hubo nada”. Sentado en una mesita de la única cafetería del pueblo, así recuerda Juan Carlos Miojebí, empleado de faena, el anuncio de quiebra de la planta de Hughes en 1998. En un pueblo de cinco mil personas que depende de la actividad del matadero, la posibilidad de que hoy se repita la historia causa tensión y temor.

Desde hace tres meses, la crisis ganadera ha impactado directamente sobre la unidad que tiene la empresa brasileña Marfrig en el kilómetro 303 de la ruta 8, a unas diez cuadras de la plaza central de Hughes (se pronuncia “úgues”), una pequeña comuna ubicada en el sur de la provincia de Santa Fe. La producción ha disminuido en un 30-35%, lo que llegó a limitar la faena a solo tres días por semana en los momentos más críticos. Además, se habla de despidos y muchos empleados trabajan con horarios y sueldos reducidos.

“Ahora estamos en setecientas cabezas de ganado por día, a veces quinientas, cuando antes pasábamos los mil siempre”, señala Miojebí, a quien, como muchos operarios del frigorífico de Hughes, le dieron licencia por vacaciones hasta marzo del año que viene, como medida de la planta para no revelar la carencia de trabajo que existe. Juan Carlos trabaja en el matadero desde hace 32 años, cuando todavía era menor de edad. Oriundo de Hughes, hoy es el empleado de faena con mayor antigüedad a pesar de no llegar a los 50 años. “Cuando te jubiles, te van a tener que dar un frigorífico chiquito para vos solo”, bromea Mari, quien atiende la cafetería junto a la terminal de micros, en la que solo venden café, cerveza y gaseosas.

Marfrig anunció en mayo último que cerraría dos de sus unidades en la Argentina. El frigorífico de Vivoratá, ubicado en las afueras de Mar del Plata, fue el primero, y el mes pasado fueron despedidos setenta operarios de la planta Estancias del sur, en Córdoba, donde trabajan otras quinientas personas. Si Hughes es el próximo en la lista, las consecuencias en esta localidad podrían ser profundas.

“La economía del pueblo depende en un cincuenta por ciento de la actividad del frigorífico. Hughes tiene cinco mil habitantes y ahí trabajan quinientos empleados fijos, más los proveedores y los contratados”, dice Mario Viola, jefe de la comuna, de espaldas al escudo del pueblo y una imagen de San Martín, que cuelgan en la pared de su despacho. Los números no dejan lugar a dudas: se trata de quinientas familias, la mitad de la población.

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Mario Viola, jefe de la Comuna

“La situación actual se sintió inmediatamente en el consumo de los comercios y en las quejas de la gente. Hay mucho malestar”, insiste Viola, quien también asegura que el mes pasado echaron entre treinta y cuarenta trabajadores que no eran de la planta permanente. Además, no duda en dar por cierto los rumores sobre un inminente paro en el frigorífico. Sin embargo, Hernán Ortiz, gerente de Recursos Humanos del matadero, en comunicación telefónica con él, lo contradice: “El paro no está previsto”, fue la respuesta que recibió, que parece no conformarlo. “Pero puede pasar en cualquier momento”, sugiere Viola a manera de colofón, una vez colgado el tubo.

Según el informe de septiembre de la Cámara de la Industria y Comercio de la Carne (Ciccra), desde el comienzo de la intervención del ex secretario de Comercio Interior Guillermo Moreno en 2006, se contabilizaron 128 frigoríficos cerrados; 26 de ellos, exportadores (aunque muchos reabrieron o fueron recuperados). Además, hubo una baja del 75% en las exportaciones a nivel nacional, 13.250 despidos, 12 millones de vacunos menos desde 2008 y una caída en la faena del 30%.

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Plaza central de Hughes, donde están la estación de micros y la cafetería

Como pasa en los pueblos, por las calles de Hughes se ven pasear en moto a mujeres con sus bebés, todos sin casco. Una de ellas estaciona frente a la terminal para saludar a la empleada de la boletería, que no está. Es Mirta Páez, la esposa de Nicanor, empleado del matadero. “Estamos muy preocupados. Vivimos acá hace cinco años y nos gusta mucho el pueblo. No sé qué haríamos si mi marido pierde el trabajo.”

Alejandro Paz, dueño de un quiosco ubicado en el centro de Hughes, comprende la sensación. “Los últimos meses fueron raros. Acá la gente es tranquila, pero el tema del frigorífico tiene a muchos inquietos.”

Faenar para vivir

Hoy, gracias al trabajo en el frigorífico y en las empresas de acopio de granos de la zona, Hughes no tiene tasa de desempleo. A dieciséis kilómetros se encuentra la localidad vecina de Wheelwright, de donde provienen muchos de los trabajadores. Pero los que no pueden ir y volver a diario se han ido asentando en el pueblo, que tiene un setenta por ciento de habitantes no autóctonos.

Tal es el caso de Néstor, nacido en Venado Tuerto, que trabaja hace diez años en el frigorífico. “Estábamos sacando entre tres mil y tres mil quinientos pesos por quincena, pero ahora estamos en dos mil, dos mil doscientos. Bajó la producción y las horas de trabajo también.” Afuera del frigorífico, entre el intenso olor a algo parecido a salchichas que despide la planta, el operario resume: “Las cosas están tensas”.

“El ambiente se corta con un suspiro”, confirma Franco Biccire, jefe de hacienda del matadero, y explica las causas de la crisis así: “El stock ganadero es cada vez más chico porque al productor no le resulta rentable. El tema de las retenciones [del 15%] se traduce al precio de la hacienda y, por el dólar paralelo, ésta pierde valor en comparación con los países vecinos, que venden a menor precio y con reglas más claras.”

“Nadie nos explica las razones”, se queja Mario, también de diez años de antigüedad, quien prefiere no dar su apellido. Esto pareciera verse plasmado en las explicaciones que dan muchos de los empleados al por qué de la disminución del trabajo. Julio, de Wheelwright, dice que la culpa la tienen los aumentos en las medidas de seguridad sanitaria y de higiene en Europa y los Estados Unidos, que estarían afectando la exportación. Ésta no es la única interpretación confusa que se escucha. Incluso Miojebí descree en parte de la crisis. “La gente no quiere trabajar. En mis 32 años en la planta, habré visto pasar unos cuatro mil empleados. Muchos están hasta un año sin venir y mandan parte de enfermo o por depresión”, dice con sorna. “Si el domingo es día de fiesta, el lunes no viene nadie.”

El pueblo existe como consecuencia del trazado de las líneas del Ferrocarril Central Argentino. Felipe Hughes, inmigrante irlandés, fue quien donó una parcela de sus tierras para la colocación de una estación –ahora abandonada– que lleva su nombre. El 15 de abril de 1915 se fundó el asentamiento pero se suspendió la instalación del ramal por el inicio de la Primera Guerra Mundial. El 6 de octubre de 1919 se creó la comuna y se trazaron las treinta y nueve manzanas urbanas y las treinta y cuatro quintas originales.

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Vista lateral del frigorífico, que emplea a 500 personas

Su historia está estrechamente ligada a la faena. El Frigorífico Hughes S.A. (originalmente Industrias Hughes) fue constituido a mediados de los sesenta por los vecinos para combatir el desempleo y el éxodo que provocó entre la gente del campo la modernización de las técnicas de cultivo. En un ejemplo de trabajo en comunidad, a mediados de los ochenta, el matadero ya empleaba a quinientas personas.

“Esa fue la mejor época”, cuenta Miojebí. “Hoy le pedís diez pesos al banco y le tenés que devolver veinte. En aquel momento, el gerente general del frigorífico, que era del pueblo, le pasaba la plata al banco local para que nos den préstamos a nosotros sin intereses.”

Después de la bancarrota, en 1998, la planta fue comprada por Argentine Breeders & Packers (AB&P), un grupo formado por las productoras argentinas Pilagá, Perrín y Pampas Argentinas, y llegó a emplear a setecientos operarios. En 2006, el matadero fue vendido a Marfrig, empresa brasileña en expansión en ese momento.

Sobre la situación en Hughes, el jefe de hacienda Biccire dijo: “Se podría decir que subsistimos por arte de magia. El grupo apuesta a que las cosas van a cambiar pero, por más que la empresa se esfuerce, la realidad te pasa por arriba.”Cartel Marfrig

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