Música de fondo

En el primer mes de haber llegado a México me asaltaron amenazándome con un cuchillo en el cuello. Entonces pensé que el “karma” de la inseguridad me ahorraría futuros disgustos, algo así como sentir que ya había cumplido con mi cuota de violencia, a manera de rito de iniciación. Tampoco fue para tanto, más bien un descuido colectivo: nos subimos con un grupo de compañeros de clase a un bondi fantasma y nos sacaron la plata. Lo gracioso fue que, como yo venía distraído con los auriculares puestos y me había sentado en el fondo, no me di cuenta que nos estaban robando hasta que sentí la navaja y los gestos del ladrón que –mudo, encima– trataba de hacerse entender mientras su compañero y líder nos explicaba con parsimonia desde el frente del microbús que esto es un atraco y todos tranquilitos cooperando.

A las víctimas de este tipo de situación nos encanta compartirlo cada vez que se da la oportunidad, a veces desde la indignación, otras desde lo cómico, supongo que esto dependerá de cómo haya terminado todo. Es evidentemente terapéutico pero al mismo tiempo ocurre que se suele pasar de una atención respetuosa, acompañada de un exceso de afirmaciones o negaciones con la cabeza, a la competencia directa para ver quién tiene la anécdota que consiga más exclamaciones, ya sean puteadas por el declive de las sociedades urbanas modernas o carcajadas en honor al absurdismo cosmopolita. Hasta el día en que se me agotó el crédito de karma, mi novatada solía tener su modesto éxito en estas arengas. Para la próxima tendría un nuevo ejemplo en primera persona para lucir.

La dejé en su casa poco antes de las 4 de la mañana agotado. De quedarme a dormir ni hablar y manejar hasta mi casa cansado no era una buena idea. Siempre fue una tortura ese viaje de vuelta y hacerlo medio dormido era una estupidez: es la franja horaria en la que los borrachos zigzaguean sus autos por las avenidas así que haría cuarenta minutos con suerte si no me tocaba embotellamiento por accidente o alcoholímetro. Estacioné en la misma cuadra de su casa debajo de un árbol que de día da buena sombra. Apagué el motor pero dejé la llave en contacto para escuchar un poco de música; bajito, para que no distraer al sueño. Recliné el asiento y me acomodé como en aquellas siestas exprés en el estacionamiento de la universidad cuando algún bache entre clases daba tregua o sacrificaba el almuerzo por una hora de descanso. Hacía frío así que aproveché para usar mi bufanda como almohada pero no lograba hacer que adoptara la forma correcta con la presión y los movimientos animalescos de mi cabeza. Posición fetal, mis pies colgando, tal vez me saco las zapatillas.

Todo pasó en menos de un minuto. No escuché los pasos, recién los forcejeos con la puerta y los golpes secos del caño contra la ventana a manera de presentación. Había uno en cada puerta, dos pibes de unos 15 años, aprendices del oficio vine a descubrir. Esto no puede estar pasándome. El de la derecha miraba hacia los extremos de la calle mientras el que estaba de mi lado me insistía sin gritar que abriera la puerta mientras ostentaba el revolver plateado a la altura de mi cara. Lo único que supe hacer fue pedir clemencia. Si abro cagué. Golpecito en la ventana, abre la puerta cabrón. Por favor no. Pie en el embriague. Se llevan el auto, me llevan a mí, si abro cagué. Abre la pinche puerta, golpe de lleno, el metal contra el vidrio y la súplica agitada. Por favor, abre cabrón, y el otro que sigue forcejeando. No puede estar pasando. Busco ayuda con la vista pero son las 4 a.m. y este árbol es una trampa. Golpe con la culata y el vidrio que se la sigue bancando. No puede ser, es mentira. Voy a abrir, ya fue. Inexorable es la palabra. Y entonces el error. El pibe insiste con abre o te mato y hace como que carga el arma, toma la parte de arriba y tira para atrás como hacen los gángsters para amedrentar con sus pistolas automáticas en las películas. Es mentira, mienten. La llave está puesta y mi pie en el embriague. Como en las películas, me agacho, arranco y esquivo por un pelo el auto estacionado enfrente.

Por la misma calle venía caminando una pareja. Me tiembla hasta la médula pero bajo el vidrio y les aviso que no vayan para allá, que me acaban de querer asaltar. ¿En serio? Sí, en la otra esquina. ¿De veras, dónde? Sí, allá atrás en la siguiente esquina, dos chicos jóvenes. ¿Neto? ¡Que sí! ¿De plano? Arranco. Mi paciencia tiene límites, suficiente como para advertirlos pero que no me jodan. Si no me hubieran exasperado les hubiese contado que tenían un revolver, esas pistolas viejitas de barril que se cargan trabando atrás el martillo, no como las automáticas de pandillero sino las que usan los vaqueros de las westerns.

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