Pensamientos de un soldado sitiado

La putísima madre que lo parió. Bronca, mucha mucha bronca. No creo en dios(es), no creo en la vida después de la muerte; creo que todo se acaba y que para mí todo terminó. Sé que la gente se olvida, que a la gente se la olvida. Con suerte mi hermana les contará a sus hijos de mí con cariño, con tristeza, con algo de orgullo y de resignación. Pero eso está bien. No pretendí nunca la inmortalidad, sólo poder ser dueño de mis horas. Siempre pensé que llegaría a viejo y que haría lo que estuviera en mi poder para vivir la mayor cantidad de tiempo posible solo por curiosidad, para intentar verlo todo un poco tratando de no perder la capacidad de asombro. ¡Sorpresa! Acá me tienen, la guerra perdida y todo fue inútil; el sentido lo buscarán los que tengan la suerte de contarla y lo encontrarán solo los que no hayan participado, los que puedan todavía dormir tranquilos.

Todos esos planes, todos esos proyectos truncos. “Toda una vida por delante”, tantos hijos por plantar. Sé bien de lo que me pierdo, sé muy bien lo que pierdo. Sé que me pierdo, que perdí. ¿El mundo, mi pequeño mundo, se perderá de mí, me echará de menos, notará mi ausencia? Mis amigos se perderán mi amistad, mis amantes mi amor. Hará falta mi sentido del humor, mi acidez. Alguien que me conozca lo suficiente –¡que pocos son!– pensará en mí cuando nadie haga ese comentario que nadie más que yo podría haber hecho. Mi madre me buscará por el resto de su vida en los silencios o en los rasgos de los nietos que le dé mi hermana. Sé quienes me extrañarán más porque son los mismos a los que yo extrañaría más. Me molesta pensar que mi recuerdo vaya a estar ligado a la tragedia y lo lacrimógeno. Que me recuerden con una sonrisa, de preferencia de lado y medio envenenada.

No dejo nada, solo cuentas pendientes que el tiempo se encargará de nunca saldar. Me atrapó la muerte demasiado verde, demasiado miedoso, demasiado confiado. El mundo seguirá adelante y listo. Es difícil encontrarle poesía a la muerte cuando ya puedo oler el aliento de mi verdugo clavándose en mi nuca. Me cago en dios y en la patria. No muero como héroe. No hay héroes en las guerras. Mienten. Todos mienten. En alguna discusión mantuve que preferiría estar conciente a la hora de fallecer a desvanecerme dormido, sin poder ser dueño de ella. Hoy, aunque demasiado pronto, demasiado tarde, se cumple mi deseo. No me quiero morir. No ofreceré resistencia. Porque serán los que me liquiden, el primero y el último: puto el que lo lea.

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