El oficio de llorar

A Extoraz se llega con un propósito. No se llega de casualidad ni con facilidad. No se encuentra de camino a ningún lado, ni se encuentra a menos que se lo busque. Si se teclea el nombre en un buscador en línea, sólo aparecen algunos datos básicos. Lo que no aparece es aquello que lo hace tan particular. En este poblado, trepado a la Sierra Gorda del Estado mexicano de Querétaro, subsiste –dicen– una de las tradiciones más singulares, controversiales y sin embargo compartidas en la historia de la humanidad, una vocación sin cabida en el mundo moderno; un oficio en peligro de extinción.

El diccionario de la RAE define: “Plañidera: mujer llamada y pagada que iba a llorar a los entierros.”[1] La delimitación no deja espacio a la discusión: el pretérito imperfecto es contundente. Esta figura, tan cercana a la muerte, a los muertos, nos habla también desde la ultratumba. Tan lejanas que el lenguaje moderno las pierde de vista. El término mismo se refugia en el discurso técnico o en el arcaico (o sea, anticuado). Plañir, del latín plangere: llorar, gemir, sollozar, clamar. Ocupa el espacio de lo retórico y lo obsoleto. En el vocabulario contemporáneo, se encuentra a un lado de palabras como “nosocomio” o “cadalso”. Es decir, más que añejo, inútil.

En el imaginario popular, las lloronas o doloridas, también llamadas voceratrices y lamentatrices, están acompañadas de un aura relacionada a lo mórbido, lo siniestro y hasta lo fantasmagórico. (“De la muerte del día plañideras / le siguen al sepulcro largas sombras / que borran la esmeralda en las praderas, / desatando sus tétricas alfombras.”)[2] Cómo ocurre con la Inquisición o la flagelación de la carne, cargan con el estigma de la perversidad religiosa. Como pasaba con las prostitutas y los usureros, conservaban el repudio hipócrita de las sociedades rancias. En México, la fusión entre la tradición judeocristiana acarreada durante la Colonia y el folclor prehispánico ligado al culto a la muerte han construido figuras y leyendas donde estas mujeres ocuparon un lugar particular. Desde el mito mestizo de La Llorona hasta el fenómeno de las famosas lloronas criminales de los años veinte, la exhibición de la pena y el llanto tienen profundas raíces en este suelo, aunque asegurar su permanencia inmóvil sería demasiado arriesgado. Eso sí, de existir, México es donde buscarlas.

El camino termina en Extoraz pero empieza un poco antes.

 

Espectáculo lacrimógeno

Construido a raíz de un brote de cólera en lo que era antes un barrio indígena, el panteón de la Santa Veracruz dejó de fungir como tal en 1866. Ubicado sobre una ladera desde la que se vislumbra el casco histórico de San Juan del Río en el Estado de Querétaro, el antiguo cementerio del siglo XVIII fue restaurado en 1981 por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y alberga desde 1997 el Museo de la Muerte.

Como parte de los festejos para su décimo aniversario, el 2 de noviembre de 2007 el área de turismo del municipio organizó el Primer Concurso Nacional de Plañideras. Tuvo una segunda y más exitosa edición el año siguiente pero fue suspendido en 2009 por la sucesión y los cambios estructurales en la presidencia municipal. Esperan repetirlo este año (2010), aunque en el poblado vecino de Tequisquiapan.

“Hay que recordar que tanto la risa como el llanto son muy contagiosos”, dice Gustavo Ríos Garduño, representante de Vive Tours y encargado del proyecto. En una cafetería en el centro del pueblo, el portavoz empieza por repasar la historia para explicar cuál es el lugar que ocupa esta ciudad en la geografía del fenómeno y las razones para ser los primeros en recuperarlo con fines turísticos.

“San Juan del Río estaba ubicado en una zona donde –desde 1531, cuando fue la Conquista– estaba el paso obligado para lo que fue el Camino Real de las Zacatecas. Lo llamaban la ‘Garganta de tierra adentro’. Ahí descubren unas vetas enormes de plata: las minas de Real de Catorce en San Luis Potosí, las minas de San Felipe en Guanajuato, Plateros en Zacatecas. Mucha de la gente que pasaba por aquí en busca de los tesoros o que regresaba a Veracruz para cambiarlo era asaltada. Muchos de los que eran muertos en estos caminos o que venían de España no tenían deudos, y la creencia de la Iglesia Católica era que si te morías y nadie te lloraba no ibas a ir al cielo. Entonces contrataban el féretro, la carreta y también a estas mujeres que se alquilaban para llorar. Como cualquier servicio funerario, era un complemento más.”

Ríos Garduño tiene prisa así que salimos a la plaza donde a mediodía el obelisco central casi no ofrece sombra. Me lleva en su carro al panteón/museo donde las lloronas volvieron a la vida nuevamente a cambio de una recompensa. Citadas a través de anuncios en la prensa y radio locales, las concursantes debían presentarse vestidas de luto y con la cara cubierta por un velo negro. “Tenían un minuto para llorar. Se calificaba la espontaneidad, la creatividad en su vestuario y el llanto.” Para hacer más realista o, más bien, entretenida la escena, un actor vestido a la usanza colonial yacía dentro de un féretro contratado. Divididas en dos categorías, las mujeres podían sacar al azar el nombre de un actor de la época de oro del cine mexicano o llevar un personaje político ya preparado. “Era muy cómico, muy chusco. A la gente le gustaba mucho. Estaba muy teatralizado [3]”.

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En lo de “chusco” ella está de muy acuerdo. Ofelia Ramírez Arteaga acude a mi llamado con su familia y sorpresivamente caracterizada. Asumo que no ha de ser la primera vez que la contactan para esto al verla tan preparada para la foto. Nos sentamos dentro de la biblioteca municipal donde hay mayor calma y donde el ruido de la calle no apabulla la timidez de su voz. Dice haberse enterado por la radio y que su esposo fue quien la animó. Gracias a él y a Vicente Fox (su “muertito de turno”), se consagró como la ganadora del Primer Concurso Nacional de Plañideras.

Cuando le pregunto sobre su opinión al respecto del oficio de aquellas lloronas originales su respuesta, por honesta, me asombra. “En primer lugar, debe ser un reto. Sería una buena opción para nosotras como amas de casa que no tenemos mucho que hacer.” Asegura también que, de haberse mantenido la tradición, estaría dispuesta hacerlo. “Sería algo nuevo.” Quiso dejar en claro que para el trabajo estaría muy interesada en “conocer la trayectoria de la persona fallecida; saber más sobre su vida y su familia –qué dejó, quién era, qué hacía– para poder tener inspiración.” Lo que no esclareció fueron cuáles aspectos del ex presidente funcionaron como arrebato para convertirla en ganadora.

Antes de salir al parque donde le tomo su foto, me cuenta un poco sobre su experiencia en el certamen y me ofrece una última apreciación. Su interpretación sobre la existencia de las doloridas tiene una explicación clasista pero sirve como primera aproximación. “A la gente rica no se les daba por llorar, entonces contrataban a otras personas para dar la impresión de que sí les interesaban sus familiares”. En su juicio se evidencia el desapego hacia lo obsoleto, se vislumbra la lejanía de lo inútil; el velo negro bajo el que se oculta el pasado.

 

Río de lágrimas

Se habla de las plañideras con la distancia de lo antiguo, de lo disecado, momificado, cual bajorrelieve de una catedral gótica, de aquello que sólo permanece como telón de fondo en un óleo religioso; de lo exótico pero extinto. Y ahí están, a la mano, las evidencias de su presencia histórica.

Se sabe que su existencia se remonta al antiguo Egipto por las pinturas en las paredes de las tumbas y templos de los faraones. En las imágenes de la tumba de Ramose y en las de Nebamón y Apuki en Tebas se aprecia el cortejo de las yerit, mujeres vestidas de blanco y azul que acompañaban al difunto semidiós en el camino hacia su suntuosa última morada. Gritaban, gemían y se arrancaban mechones de pelo (usaban pelucas) en señal de desconsuelo. Eran conocidas como las Cantoras de la diosa Hator y su función era “realizar una especie de responsorio cuyo modelo es el canto funerario alterno de Isis y Neftis”[4]. Estas mujeres participaban en las exequias en su calidad de súbditas del rey-dios; lo hacían por ser su obligación como servidoras religiosas y no recibían nada a cambio.

Dato curioso: en el papiro de Berlín 3038 (apéndice encontrado al Libro de los Muertos), Isis y su hermana Neftis lamentan la muerte de su hermano y rey Osiris, asesinado y descuartizado por su otro hermano, Seth. La diosa y reina Isis recupera el falo de su esposo y procrea a Horus (después casado con Hator), quien vengará a su padre al expulsar a su codicioso tío y recuperar el trono. Se creía que las crecidas y desbordes del Nilo estaban relacionadas a las lágrimas de duelo vertidas por Isis.

En las Grecia y Roma clásicas, la presencia de las mujeres alrededor de los muertos es visible en vasijas y bajorrelieves de terracota encontrados por los arqueólogos. La importancia del sacrificio del pelo se mantiene: los hombres cortaban sus rizos y las viudas se rapaban la cabeza para ofrecer su cabellera a Perséfone/Proserpina y abogar porque el finado sea bienvenido a los infiernos. Las vociferadoras griegas y las praeficae romanas “dejaban suelta su cabellera y eran contratadas para llorar al muerto con el afán de hacer más emotiva la ceremonia y aumentar el dramatismo del funeral.”[5]

La importancia de los rituales fúnebres donde las mujeres fungen como acompañantes del difunto ha dejado su estampa también en la literatura, desde sus orígenes. En la Ilíada[6], Hécabe, madre de Héctor, se mesa los cabellos ante la muerte de su hijo y son notorios el llanto de las Ninfas por el padre de Andrómaca (viuda del líder troyano) y el de las Nereidas en los funerales de Aquiles. También Esquilo, en su Orestíada[7], utiliza a las plañideras como referencia para los llantos de Casandra y Electra respectivamente. “La plañidera actúa como una especie de actriz trágica capaz de llevar al público o cortejo a la catarsis. Es la purgación, la purificación del universo luctuoso provocada por el aumento de la tensión dramática.”[8]

En el Antiguo Testamento[9], el profeta Jeremías llama a las “lamentatrices” a llorar por la nación hebrea ante la caída de Judá e Israel a manos del emperador caldeo Nabucodonosor II y las reincidencias de su pueblo en el paganismo. El acto de rasgar las vestiduras ante la muerte de un familiar cercano toma el nombre de Keriá en la costumbre judía y se remonta al Génesis.

Con la irrupción del Cristianismo, culto heredero de todas las tradiciones anteriores, la figura cobra aún más fuerza a partir de las imágenes de María Magdalena y la Virgen María, las lloronas más retratadas de la historia. Abundan en el arte religioso occidental –prolífico en el Medioevo y que tuvo su ápice en el Renacimiento– las representaciones de Cristo en el Gólgota, siempre rodeado de acongojadas mujeres.

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Las plañideras prosperaron en todas las culturas a lo largo de los siglos hasta que, a partir del fin de la Edad Media, el duelo se volvió un negocio regulado y acapara su exclusividad los profesionales eclesiásticos, por lo que su preponderancia tiene un período de crisis. “El uso del negro para vestir de luto se generalizó a partir del siglo XVI y el duelo empezó a perder su significado de liberación, de expresión de sentimientos, para convertirse en un ceremonial silencioso y austero”.[10] Existen datos que confirman que “en España las constituciones sinodales de Sevilla prohibían a la viuda e hijas del difunto la asistencia al entierro para evitar que llorasen”.[11]

En el mismo sentido, el monopolio funerario por parte de la Iglesia transforma el ritual en una declaración de estatus. En la novela El mandarín del famoso escritor, periodista y diplomático lusitano José María Eça de Queiroz (también autor de El crimen del padre Amaro), el general ruso Camillov le aconseja al joven fausto portugués que “organice para el difunto unos regios funerales, de ceremonial superior, con un cortejo de una legua [y] legiones de plañideras sollozando siniestramente”.[12] “Se volvió costumbre entre la gente rica dejar dinero, en su testamento, a orfanatos y monasterios y, a cambio, los huérfanos y monjes tomaban parte en las procesiones y misas fúnebres”.[13] La práctica se polarizó y esto repercutió en las diferencias que empezaron a aparecer entre los centros y la provincia. Mientras que “en la ciudad de México, el llanto de las plañideras era sustituido por niños del Internado de San Juan de Letrán”[14], en los intestinos del territorio, el hábito permaneció.

Con la llegada de la ciencia moderna en el siglo XIX, la medicina extiende la esperanza de vida y las supersticiones alrededor de la defunción dejan paso a la conciencia de ésta como evolución natural. La burguesía fallece en la privacidad del hogar y se permite la asistencia de las mujeres familiares a los entierros. Ya a partir de la tercera década del siglo XX, las sociedades se vuelven más individualistas y la muerte se recibe en los hospitales, a distancia de los familiares, además de que ahora “el papel de los allegados es ayudar a mitigar el dolor y no aumentarlo.”[15]

La trascendencia y ubicuidad de este oficio es innegable, aunque se contrapone con el repudio a su reputación. La pregunta hoy día es si la tecnología y la modernidad han acabado de hecho con una tradición que se remonta a los albores mismos de la civilización, que parece estar imbricado en la relación misma de las sociedades con el duelo y que –no es poca cosa– representa uno de los lugares que ha ocupado la mujer casi con exclusividad en la historia.

Además de en la picardía, Gustavo Ríos Garduño y Ofelia Ramírez estaban también de acuerdo en otra cosa: las plañideras ya no existen. Para contradecirlo, dejo atrás el espectáculo que ofrece San Juan del Río y tomo la carretera federal 120 rumbo al noreste.

Sin cobertura, con señal

La carretera que cruza la ciudad de Tequisquiapan se transforma al cabo de unos kilómetros en una ruta de doble carril. Una hora más arriba, el camino se topa de frente con un pueblo y no hay más que cruzarlo y aguantar el empedrado estratégicamente conservado para reducir la velocidad de los automóviles intrusos. Un paréntesis de no más de diez cuadras de topes y vendedores de frutas después, la ruta renace en una recta casi perfecta, que permite darse la oportunidad de contemplar el paisaje. El esmog mantecoso de la civilización es sustituido por las nubes de polvo de la industria cementera, que son el único decorado humano entre los montes frondosos del lado derecho y los cerros pelados del extremo occidental.

“A la altura de San Joaquín, toma la desviación hacia Peña Blanca, a su izquierda”, me dice con extrema pereza el empleado de bigote hirsuto de la gasolinera caminera. Obedezco. Me despido de los bastoncitos escalonados del teléfono celular al entrar en territorio sin cobertura. Dejo atrás las rectas y el camino se pone sinuoso y montañoso.
Giro entre los cerros pelados que veía lejanos hacía unos minutos. La vista, aunque apreciada con precaución, se pone mucho más interesante, pero las piruetas me producen impaciencia. Peña Blanca se ubica en lo que parece un claro entre las curvas y la aridez. Pausa para un descanso y algo de orientación. Por fin advierto seguridad en las indicaciones que me dan. Estamos cerca.

Queda detrás el ojo de la tormenta y se reanudan los altibajos y las vueltas del volante. Al otro lado del valle, se distinguen unos techos dispersos y alguna cúpula. El camino sinuoso se transforma en calle y, al cabo de una subida, hay una entrada en cuchilla. A los lados, aparecen casitas. Las hay paupérrimas y las hay sospechosamente lujosas. Dos puentes, una curva, y el letrero: una “zeta” pintada con aerosol corrige una despistada “ese”.

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A Extoraz se llega con propósito. Con la ayuda de direcciones –algunas certeras, otras titubeantes. Se llega con voluntad y con envión. También con la espalda empapada y un poco de mareo.

Ubicado en el Municipio de Peña Miller, en el Estado de Querétaro, este pequeño pueblo (también llamado Villa Emiliano Zapata) no es de ensueño, pero tampoco corresponde al imaginario rulfiano. Sé que llegué porque me lo avisa la señal, pero no veo movimiento. Las calles están vacías y en la iglesia sólo se escucha el eco del golpeteo con el que intento anunciarme. Las imágenes están cubiertas con paños morados y mi ignorancia litúrgica me impide relacionarlo inmediatamente con la cercanía de Semana Santa. Pasa una camioneta militar y los soldados que viajan amontonados atrás miran con la sospecha revertida con la que los miro yo. Siguen de largo y cruzo la calle hacia el edificio naranja de las oficinas públicas. Cerrado. Nadie. Es lunes, pero es feriado. El silencio tiene su aparente respuesta, aunque tampoco imagino la algarabía en un poblado de menos de 800 habitantes.

Ruido. Unos jóvenes patean una pelota con desgano en la otra punta del pueblo. Sólo están a unas cuadras de distancia pero el calor sobre el asfalto hace que los vea borrosos. En sentido contrario, una chica camina por la calle principal frente a la iglesia. Es ella quien me explica lo de las mantas en el templo y la que me cuenta que el cura sólo viene los domingos para la misa de siete. Dice que no es de aquí y que quiere irse a Querétaro a trabajar. Le pregunto por las plañideras con temor al fracaso. No está segura. Con una prisa que aparenta desinterés pero que probablemente se deba a un poco de vergüenza o pena me indica la casa de doña Cointa, a la que llegamos mientras la sigo por un atajo a través del cauce de un arroyo ya seco. Si fuese supersticioso cruzaría los dedos.

Asistentes del “bien morir”

Busco el timbre pero no lo encuentro. La casa que me señalaron tiene los ladrillos de hormigón a la vista y un pequeño patio delantero donde crece un árbol. A través de la puerta entreabierta se escucha el sonido de la televisión encendida y el tintineo de platos.

Cointa León García, de 73 años, se asoma a la entrada con desconfianza. La van a operar porque tiene problemas en la vista pero no es esa la razón por la que no traspasa el dintel: las entrevistas sólo pasan en la tele y ella cree que no tiene mucho que contar. Yo espero que sí. Desde el umbral le pregunto –con menos temor que a la muchacha que me guió pero con mayor delicadeza– sobre el propósito de mi visita. Me tardo en la segunda pregunta porque ahora soy yo el que sospecha. Sí, desde que tiene 50 años más o menos la vienen a buscar y ella va. A rezar, a cantar, a “ayudar a bien morir”.

 

En México, como en el resto de los países de tradición católica, las prácticas funerarias estaban establecidas por la Iglesia y los procedimientos eran supervisados por las autoridades eclesiásticas so pena social de los deudos. El “bien morir”, primer filtro de acceso a los cielos, se lograba mediante una correcta expiación de las culpas a partir de una oportuna confesión de los pecados ante clérigo autorizado. Las plañideras, en este sentido, adquieren un lugar especial: “Su canto y sus lágrimas encomiendan almas facilitando el paso para el otro mundo. (…) Ellas guían también a los vivos al consuelo, reconduciéndolos a sus vidas ahora desfalcadas. Su presencia es, en medio del dolor, signo de estatus. El llanto revela, ante la comunidad, la importancia de la vida del que se ausentó. Es preciso ofrecer un espectáculo para que no halla dudas al respecto del amor y del respeto devotado a aquel que partió”.[16]

Esperanza Eufemia Rincón Camacho empezó en esto a la edad de 12 años gracias a su tía, quien le enseñó el oficio preocupada por dejar un reemplazo antes de morir. Hoy, a sus 66 años, sigue disfrutándolo por la misma razón que siempre: su gusto por cantar. Tuvo que dejar de hacerlo durante el tiempo en que se fue a trabajar al Distrito Federal, los Estados Unidos y otras ciudades de México. Luego se casó y, con el beneplácito de su esposo, quien a veces la acompañaba, volvió al ruedo. “Lo hacía mucho tía Cointa, pero ahora que no ve lo hago yo en lugar de ella.”

 

En Extoraz, prácticamente son ellas dos las únicas en activo. “Habían más que nos acompañaban a cantar, pero ya murieron”, me cuenta Eufemia en el zaguán de su casa, donde la humildad no es sinónimo de carencia sino de hospitalidad. Las buscan también de los pueblos cercanos donde ya murieron las personas que lo hacían antes por allá. Cuando ellas se enteran van directamente pero cuando no, los familiares del difunto se acercan a pedirle “el favor de acompañarlos a velar al muerto o rezar por él cuando está en su lecho de muerte”.

El ritual lleva un orden fijo. Las mujeres son invitadas a asistir al velorio con el fin de incrementar el numero de rezos y abogar por el alma del convaleciente o reciente óbito. “Lo primero es rezar el rosario, encomendar al ánima a las imágenes”, me informa Eufemia. Cointa recurre a la mística: “Imaginamos que está Cristo mismo ahí presente, muerto y resucitado”, y cantan salmos durante toda la noche. Estas señoras son, en su calidad de expertas, quienes conducen las alabanzas y guían a los deudos en los pasos de la ceremonia. Se coloca una cruz de arena, cal o cenizas de leño debajo del féretro, para luego ser recogida en la mañana y colocada sobre el túmulo una vez en el panteón. El cuerpo se traslada al día siguiente al templo para la misa de réquiem y finalmente es llevado al cementerio, cada trayecto con el acompañamiento de melodías y oraciones.

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Las costumbres funerarias cristianas traídas por los españoles predominaron sobre las nativas, aunque con excepciones y matices. La relativa autonomía de los grupos indígenas permitió la permanencia de sus ritos además de que, como ya se ha dicho, existió una clara distinción entre la evolución de las prácticas urbanas y las de los pueblos. Mientras que en las ciudades el uso de lloronas profesionales desapareció con la modernidad, el proceso se difundió a un ritmo dependiente del grado de aislamiento de las comunidades.

Con los cambios que produjo la institucionalización eclesiástica del negocio de la muerte, las lloronas adquirieron el carácter de sustitutas o, como rescata Tom Lutz, de “placebo”, término latino que adquiere su contenido médico recién en el siglo XVIII, ya que significa “agradaré” y era usado para describir el trabajo de las lamentadoras profesionales, así como el de los lisonjeros serviles.

Es por esto que, a pesar de su omnipresencia, las plañideras fueron repudiadas siempre y el gremio compartió el rechazo con los criminales, las putas y los prestamistas. Solón, filósofo y arconte que gobernó Atenas en el siglo VI a.C., restringió su uso. San Pablo, apóstol creador de la Iglesia cristiana, predicó también en contra de las lloronas profesionales. El patriarca de Constantinopla, San Juan Cristóstomo, amenazó con excomulgar a quien diera empleo a “mujeres contratadas (…) para hacer del duelo algo más intenso, para incendiar el fuego de la pena”.[17] El uso de lamentatrices fue estrictamente prohibido en España y sus colonias en el siglo XVIII. El Artículo 12 del bando o reglamento de duelos promulgado en Lima el 13 de agosto de 1786 por el virrey Teodoro de Croix lee: “El uso de las lloronas o plañideras, tan opuesto a las máximas de nuestra religión como contrario a las leyes, queda perpetuamente proscrito y abolido, imponiéndose a las contraventoras la pena de un mes de servicio en un hospital, casa de misericordia o panadería”.[18]

           

Elegía anticipada

 

La labor de las mujeres como Cointa y Eufemia continúa con el novenario, que comienza con el levantamiento de la cruz. Dicen que el procedimiento cambia según la persona que esté de guía pero ambas me describen el mismo. Sobre la cruz que se encuentra debajo del féretro durante la noche en vela se le colocan cinco flores blancas en los extremos y el centro, que serán recogidas por cada uno de los padrinos o madrinas del difunto, según el sexo. Se levanta la cruz siguiendo el orden del rezo de los misterios del rosario: primero la punta superior o cabeza, segundo y tercero los extremos o manos derecha e izquierda, cuarto el centro o corazón, y por último la base o pies. Las flores se reparten y se hace una pequeña procesión para “sacar a pasear la cruz”. La ceniza, cal o arena se mete en una cajita y se ubica sobre la tumba hasta el noveno día cuando recién se planta la lápida o cruz verdadera en compañía de los padrinos o madrinas. Eufemia y Cointa se encargan diariamente a orar al cementerio durante los esos nueve días en los que el alma “tiene que pelear con la tierra a ver si se lo come o no”, y este trabajo parece tener el valor agregado.

A pesar de su escasez, una de las razones por las que estas mujeres siguen existiendo es debido a que tienen todavía un rol importante en el duelo. “Son una especie de abogados a sueldo, llamados para que contribuyan a defender el caso del deudo (…). Encarnan e intentan dignificar [sus] demandas lacrimosas (…), la primera de las cuales es que el muerto no esté muerto”.[19] Las plañideras de Extoraz están menos vinculadas al lamento estridente y más relacionadas a la asistencia para el cumplimiento estricto del rito del novenario en un acto de buena voluntad: “Pudiendo, no se puede uno negar”.

Las principales críticas al oficio de llorar y las razones para su persecución son la evidente hipocresía[20], la falta de honestidad y el descaro emocional. Asimismo, el artificio de la pena, la espectacularización del duelo y por supuesto la inescrupulosidad a la hora de cobrar. (Rilke: “¿Y por qué no trajimos plañideras? / Mujeres, sí, que lloran por dinero, / a las que hay que pagar para que ululen / a través de la noche, en el silencio”.[21]) En el estereotipo son siempre mujeres, señoras solitarias, económicamente desesperadas, probablemente viudas, que visten siempre de negro, desagradables a la vista y el trato, más cercanas a la imagen de una ruin hechicera que a la de una inmaculada y pétrea servidora de Dios. Escribe el escritor y político español Emilio Castelar: “fantásticas plañideras, quienes se mesaban el cabello suelto y prorrumpían en alaridos tales que hacían semejar todo aquello a un apocalíptico mundo engendrado por los ensueños de una pesadilla gigantesca”.[22] La realidad, en cambio, se muestra mucho más amable y simpática.

“Hay casas donde dicen: ¿cuánto le debo? Hay partes donde nos dan algo y hay partes donde nomás las gracias. Yo nunca cobré”, asegura Eufemia, “nomás lo que me dan de ayuda: 50, 60 ó 100 [pesos], según. Quién le va a recuperar sus desveladas, me dicen. (…) Un señor de allá donde a veces me vienen a buscar, ése sí cobraba.” Me dice que por Peña Blanca vive una mujer que también se dedica a esto y que cuando la quisieron traer por estos rumbos avisó que tenía un caché de 700 pesos, “pero el señor que ya murió, ese cobraba mil, mil quinientos.”

 

El señor Tereso fue contratado por Antonia Guerrero León para el Cabo de año de la muerte de su esposo. Durante la ceremonia, que simboliza la última etapa del duelo en el aniversario del fallecimiento, a Toña le dieron ganas de unirse a los cánticos hasta el amanecer. El señor Tereso le dijo que tenía talento para aquello y, aunque al principio se negó por el asunto de las desveladas, finalmente aceptó acompañarlo. Hace de esto 12 años y, desde la defunción del maestro, Toña es quien tiene una aprendiz acompañante o, como prefiere llamarla, su “segunda voz”.

“Cuando es velorio [el precio] es voluntario, salvo que sea en una comunidad lejana. La muerte (…) es de un día para otro y no siempre se tiene el dinero en ese momento. Cuando es una desvelada o novenario sí les cobro, porque los familiares ya están preparados”, decreta Toña. En un principio cobraba 600 pesos pero ahora subió la tarifa a 700, y dice repartirlos en partes iguales con su compañera de canto.

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Aunque acostumbradas a la presencia de la muerte, estas mujeres están lejos de perder la sensibilidad ante ella. Es la muerte misma quien las afronta con la posibilidad de la desaparición de su especie y de la tradición. Los sobrinos de Eufemia le aconsejan: “Usted debería cobrar porque estas cosas ya ve que no la sabemos hacer nadie.” Toña, fracasando en ocultar las lágrimas, me cuenta que don Tereso, después de la muerte de uno de sus yernos, le aconsejó: “Haga un corazón duro, un corazón fuerte, y vamos a seguir adelante. Así sean nuestros papás, nuestros hermanos, nuestros parientes. Al contrario, porque nuestros rezos les ayudan mucho a ellos.”

Las diversas modalidades de la tradición del rezo y el llanto desplazado siguen presentes. Entre las costumbres judías, subsiste hasta la actualidad el Kadish, rezo realizado por los hijos, padre o hermanos varones durante los 11 meses posteriores al entierro de un familiar del sexo masculino. Sólo puede ser realizado en público, nunca en soledad y se debe cumplir con un quórum. Eso sí, si el muerto no tiene deudos hombres, se solicita los servicios de alguien que lo recite en su memoria. Por otro lado, el oficio en las costumbres cristianas sigue tan presente que, en una entrevista realizada en abril[23], la actriz alemana Diane Kruger comentó haber trabajado como plañidera cuando tenía entre ocho y 12 años en su católico pueblo natal a cambio de una propina de cinco marcos entregados por el cura. Eran los años ochenta.

En la cultura popular latinoamericana, la dolorida no se queda atrás aunque, a pesar de su resistencia a desaparecer, sólo permanece como el eco de un timbre sordo, las ondas en la superficie que dejó una piedra que yace ya en el fondo del estanque. Una melancólica canción del peruano Raúl Vázquez lleva su nombre, interpretada con menos aflicción en la versión del camaleónico Leonardo Fabio. También el grupo folclórico argentino Los Huayra tiene otro tema homónimo y “La lloradora”, son sarcástico de la cubana La Lupe, la describe con mucho humor y despilfarro de gracia. Desde los lamentos de la baguala en el altiplano argentino hasta los clamores de Chavela Vargas en México, la plañidera sacude el temple del corazón del continente.

Llegué a Extoraz porque me dijeron que allí podría encontrar plañideras, pero la certeza depende de la pregunta precisa. Cuando les pregunto si el ritual les obliga a llorar me contestan que no con evasión. Sin embargo, ya entrados un poco en confianza, Eufemia confiesa con la voz entrecortada: “en ese momento uno recuerda a su familia entonces uno llora porque no queda de otra. Siente uno la misma tristeza que cuando se le va un familiar. (…) A veces no puede uno ni rezar el rosario ni cantar porque se viene la tristeza encima.” Toña, ahuyentando lágrimas, me dice: “Siento tristeza de ver aquel cuerpo [y,] de ver las personas cómo están llorando con su dolor, pues sí me dan ganas de llorar.” Para rematar añade que, aunque es algo fuerte, ella se siente a gusto.

Como a toda verdad, se accede con un poco de olfato y una buena dosis de suerte. En un pueblito de 800 habitantes al que sólo se llega con el propósito de hacerlo, perduran los últimos ejemplares de un espécimen de reputación ambigua camino de la extinción. Contrario al mito popular, no lo hacen necesariamente por el dinero, aunque los deudos las invitan a algo de comer en las desveladas y suelen recibir una propina a voluntad. Tampoco son siempre mujeres y no visten de negro ni usan velo. No les pagan por llorar, sino por rezar y asistir en el ‘bien morir’; las lágrimas son gratis.

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[1] Diccionario de la Real Academia Española, vigésima segunda edición.

[2] Juan Arolas, “Himno de la noche (Súplica al criador)”, en Poesías, Biblioteca Virtual Cervantes, 2004.

[3] “Ismail Kadare cree que las plañideras son las verdaderas fuentes embrionarias del teatro greco. Si para Nietszche el origen de la tragedia está en las fiestas dionisiacas, para Kadare la tragedia greca es un prolongamiento de los rituales de los cantos fúnebres. Cantos entonados por rezadoras en los entierros. Las plañideras serían, pues, las primeras actrices trágicas (hypokrites, origen del término hipócrita), puesto que interpretan un dolor que nos les pertenece.” Gabriela Frota Reinaldo, “Las plañideras, el encantamiento y el doble”, en Espéculo: Revista de estudios literarios, Universidad Complutense de Madrid, Madrid, 2004.

(http://www.ucm.es/info/especulo/numero28/planider.html).

[4] José Carlos Castañeda Reyes, Señoras y esclavas: el papel de la mujer en la historia social del Egipto antiguo,  Colegio de México, México D.F., 2008.

[5] Elsa Muñiz, “Llorar, llorar y llorar… El oficio de las mujeres en los rituales funerarios”, en Guadalupe Ríos, Margarita Alegría, Elsa Muñiz, Edelmira Ramírez, Marcela Suárez, De muertitos, cementerios, lloronas y corridos (1920-1940), Universidad Autónoma Metropolitana, México D.F., 2002.

[6] Homero, Ilíada, Ed. Losada, México D.F., 1999.

[7] Esquilo, Tragedias completas, Ed. Edaf, Madrid, 2006.

[8] Gabriela Frota Reinaldo, ob. cit.

[9] Biblia de Jerusalem, Ed. Desclée de Brouwer, Bilbao, 1975.

[10] Elsa Muñiz, ob.cit.

[11] Verónica Zárate Toscano, Los nobles ante la muerte en México: actitudes, ceremonias y memoria (1750-1850), Colegio de México, México D.F., 2005.

[12] José María Eça de Queiroz, El mandarín, El Cid Editor, Buenos Aires, 2004.

[13] Tom Lutz, El llanto: Historia cultural de las lágrimas, Ed. Taurus, México D.F., 2001.

[14] Verónica Zárate Toscano, ob. cit.

[15] Elsa Muñiz, ob. cit.

[16] Gabriela Frota Reinaldo, ob. cit.

[17] En Tom Lutz, ob. cit.

[18] En Ricardo Palma, Tradiciones peruanas. Tercera selección, Espasa-Calpe, Buenos Aires, 1956.

[19] Tom Lutz, ob. cit.

[20] Ver nota 3.

[21] Reiner María Rilke, “Réquiem para una amiga (para la pintora Paula Modersohn-Bécker, muerta de parto)”, en Elegías del duino y otros poemas, Ed. Universitaria, Santiago de Chile, 2001.

[22] Emilio Castelar, El suspiro del moro: leyendas, tradiciones, historias de la conquista de Granada, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. http://cervantesvirtual.com/FichaObra.html?portal=0&Ref=001064