A la sombra de los demasiados libros

   

El ingeniero mecánico administrador economista ensayista poeta Gabriel Zaid publicó en 1972 su libro de mayor repercusión internacional, Los demasiados libros, un sintético conjunto de ensayos que buscaba desarticular “la difusión de absurdos, ampliamente aceptados” alrededor de los libros y su producción, como son la supuesta superación tecnológica del libro por las nuevas tecnologías, ciertas “verdades comunes” de la industria literaria, y la idea de que la culpa de que no se vendan la tienen los precios por lo que hay que aumentar el tiraje para hacerlos más baratos.

Treinta y cinco años después, el sociólogo e investigador Fernando Escalante Gonzalbo sacó a la luz A la sombra de los libros, un detallado estudio crítico sobre la historia y actualidad de la industria editorial en México y el mundo, sus vicios y vicisitudes, en el que se denuncian los cambios que ya empezaba a identificar entonces Zaid y que habrían de transformar la forma en que se publican, venden y leen los libros según las nuevas reglas del juego.

I. EL LIBRO

A través de seis sencillos puntos, Zaid es contundente. El libro es, hasta el momento, uno de esos inventos todavía insuperables por las nuevas tecnologías (aun las que tratan de imitarlo): se pueden hojear y observar de un golpe, se leen a la velocidad querida por el lector, son portátiles y están al alcance de la mano, son tan baratos que no necesitan de públicos de cientos de miles para ser costeables por lo que permiten mayor variedad. Aunque las cosas han cambiado enormemente desde al primera edición de 1972 (los aparatos de reproducción de video y música caseros y portátiles están más que inmersos en la sociedad y los libros electrónicos son ya un hecho), los principios siguen intactos. No es el libro lo que ha cambiado sino todo lo demás.

Existen ciertos cánones y mitos alrededor de la función social del libro y la lectura, muchos de los cuales han estado en constante discusión. Desde la imagen elitista hasta la idea de medio que mueve masas, existen ciertas características que permanecen entre sus defensores. Dice Escalante: “La lectura importa sobre todo como forma de conocimiento, porque el conocimiento nos hace mejores y nos quita el peso de supersticiones y prejuicios, la lectura nos hace libres.” Habría que añadir el matiz de la diversidad. No alcanza con leer sino que es importante tener la voluntad de conocer de todo, siempre con la humildad de saberse nunca suficientemente culto (“Dejar de ser simplemente ignorantes, para llegar a ser, quizá, ignorantes inteligentes” ya que “la cultura crece a tal velocidad que cada día nos vuelve más incultos”, matiza Zaid). “Como asunto público importa no la lectura, sin más, sino la lectura como práctica concreta, socialmente estructurada”, concluye Escalante.

Cuatro “verdades comunes” de la industria del libro son puestas en entredicho por el ‘todólogo’ regiomontano en su ensayo “Interrogantes sobre la difusión del libro”. Aquí las primeras dos, íntimamente relacionadas:

A pesar de lo que se suele pensar, el libro nunca ha sido un medio masivo, siempre ha estado reducido a una minoría, antes una elite ilustrada, hoy un reducido porcentaje de personas con la capacidad de condensar la lectura como un “proceso de integración de totalidades perceptivas cada vez mayores”. No se deben confundir esa gran parte de la población que puede leer gracias a los enormes avances en las campañas alfabetizadoras con el público lector, ese sector de la sociedad que comprende los libros como un todo, que compra o consulta libros de forma habitual o esporádica. Además, aunque exista en la actualidad una proliferación de best-sellers, que por comparación con la venta de otros libros puede ser masivo, difícilmente puede considerarse un fenómeno de masas cuando se lo compara con el público y las horas diarias dedicadas a la televisión o la radio.

Es por esto mismo que la influencia directa del libro podría no ser tan grande como se piensa: “se puede tener renombre de escritor sin haber escrito un libro, o en caso de haberlo escrito, que no se venda, o en caso de que se venda, sin que se lea, o en caso de que se lea, sin que nada cambie.” Aunque la importancia de libros como La Biblia, la República de Platón, El capital de Marx o El origen de las especies de Darwin sea innegable en el devenir de Occidente, la influencia directa, es decir, no la que se produce con el paso del tiempo sino la que repercute en el mercado (donde apunta nuestro objetivo), sigue siendo un misterio mientras no haya estudios que lo certifiquen.

II. LA INDUSTRIA

Lo que no es misterio es lo que denuncia Escalante Gonzalbo: la industria editorial está prácticamente controlada por ocho o diez corporaciones multinacionales, causa y efecto de un conjunto de fenómenos que, desde hace algunas décadas, han venido cambiando la forma de hacer y de ser de los libros.

La industria se concentra ahora en los libros de grandes ventas o que podrían convertirse en éxitos de ventas y que acaparan los espacios de distribución (las cadenas de librerías), promoción (visibilidad y listas de los más vendidos) y valoración (reseñas y crítica literaria). La literatura se ha transformado en un espacio más de la industria del espectáculo y se rige más que nunca bajo las leyes del mercado, lo que afecta el espacio de diálogo público e intelectual que la caracterizaba.

a) Editoriales

Siempre han existido libros buenos, mediocres y malos; también han habido siempre libros que se agotan en seguida, otros que tienen un ciclo de vida de algunos años y otros condenados a no ser olvidados al nunca llegar a ser conocidos. La diferencia de la nueva industria es que ya no hay lugar para los libros que no aseguren un impacto en el mercado a corto plazo, por lo que quedan desplazados todos los que no rindan beneficio inmediato, sin importar la calidad literaria o la importancia social: “no se puede rechazar un libro que promete ventas enormes sólo porque es un libro malo, y tampoco se puede decidir la publicación de un manuscrito brillante que sólo tendrá quinientos o seiscientos lectores.”

Las grandes editoriales han perdido su espíritu artesanal, en el que el amor a los libros se apreciaba en el cuidado por el estilo y la buena literatura. Hoy, el trabajo editorial de estas enormes corporaciones está condicionado por eso mismo que describe el mundo de los libros: la industria. Anota Escalante que tradicionalmente ha existido una inevitable tensión entre la literatura y el mercado. Hoy casi no hay tal. En Latinoamérica prácticamente no queda nada de la explosión en el enorme trabajo editorial que produjo la emigración de intelectuales españoles que buscaron refugio con las primeras décadas del franquismo. A partir de los años sesenta, las corporaciones comenzaron a cotizar en la bolsa y se dedicaron a “copar el mercado eliminando la competencia” y a tener como única meta el beneficio económico: capitalismo (i)letrado.

El problema se agrava ya que “la concentración no es inmediatamente visible porque los grandes grupos tienen a mantener los nombres de las viejas editoriales que absorben”, por lo que se crea “una ilusión de pluralidad”, “un simulacro más o menos convincente de personalidad”. Pero este no es el único engaño.

Ya Zaid denunciaba los vicios más absurdos de la industria a principios de los setenta: “Se cree que para bajar los precios hay que aumentar los tirajes, porque se da por supuesto que el precio está en función (directa) del costo, y el costo en función (inversa) del tiraje.” En un sistema sin precio fijo, “el precio debe depender ante todo de la elasticidad de la demanda. El tiraje, del ciclo de vida esperado para el título y del costo de reimprimirlo con negativos, contra el costo de almacenaje”. Esto quiere decir que “es más costeable bajar los precios bajando los tirajes iniciales que aumentándolos” y que lo primero que hay que hacer es fijar el precio y por último establecer el tiraje.

Años después, las grandes empresas siguen sin preocuparse por ello, en gran parte porque piensan que no lo necesitan. La razón de que en el mercado sólo se publiquen best-sellers se debe a la pretensión de que el público de estos títulos es más predecible. De esta manera se supone que se evitan los riesgos y los problemas que conlleva tener un abanico más policromático de opciones y se limita la oferta a los libros de éxito y venta seguros, que, por lo general, no se caracterizan por su calidad. Zaid se atrevía “a suponer que cuando menos la mitad de los libros que se editan en español justifican los negativos, y, por lo tanto, primeras ediciones de tirajes muy cortos.” No es sorpresa que la oferta está cada vez más limitada entonces.

Cada título es un monopolio de sí mismo, oligopolio cuando se trata de géneros estándar como las novelas policiales o las biografías. Por lo tanto, “la competencia perfecta no puede imaginarse más que en contados casos”, dice Zaid. Y esto nos lleva a la otra trampa: los descuentos artificiales que se producen como producto del círculo vicioso entre editoriales y librerías a partir de la falta de un sistema de precio fijo.

b) Librerías

Las corporaciones mediáticas no distinguen entre productos: la comercialización de los libros funciona idéntica a la de una película de Hollywood o el último disco del artista pop del momento. Las librerías, explica Escalante Gonzalbo, se centran en la venta voluminosa de novedades de alto impacto a un público de lectores ocasionales, donde sólo importa la firma y no el contenido.

En la nueva industria, la librería tradicional desaparece para ser sustituida por las cadenas de filiales “con numerosos empleados de muy bajo sueldo porque no es necesaria ninguna especialización [y], si no hay algún mecanismo de control como el sistema de precio fijo, las cadenas pueden imponer sus condiciones a los editores: pedir descuentos especiales, promociones, apoyo publicitario, con lo cual aumentan más todavía su peso en el mercado” además de que sólo reciben en consignación y pagan a plazos. Las consecuencias más drásticas de esto son la inflación de los precios, que termina pagando el comprador y que restringe relativamente el acceso al público con acceso económico, y la desaparición de las pequeñas librerías que no pueden competir en precios de venta contra las grandes cadenas que se acaparan los beneficios.

Además de reducir la oferta, esto produce un claro retraso social: los libros desaparecen del alcance de la gente al disminuir el número de librerías tradicionales, que no pueden aprovecharse de una de las características más conmovedoras del libro: ser un producto noble y rentable en pequeña escala. Sentencia Zaid: “el modelo básico de librería, que es la librería general, no debe ser el modelo general.” Lamentablemente, esto es sólo posible en un contexto de competitividad real y leal, donde las grandes cadenas puedan seguir vendiendo a su público de lectores ocasionales sin desplazar a las pequeñas librerías que se especialicen en títulos menos comerciales y con una clientela cautiva de lectores habituales, selectivos y que saben lo que buscan. “El mercado de la gran industria editorial es diferente del de los pequeños públicos de lectores habituales. En teoría, no tendrían por qué estorbarse puesto que atienden a lectores muy distintos. No obstante, la producción de los grandes grupos tiende a ocupar cada vez más espacio y empuja al resto hacia los márgenes.” La solución comienza con la instauración del precio fijo, pero eso es sólo el comienzo ya que “un libro puesto donde no encaja o puesto en un acervo raquítico, amorfo, sin sentido, es un libro tirado a la basura.”

c) Gobiernos y universidades

Aquí las siguientes dos “verdades comunes” cuestionadas por Zaid:

Los libros no dejan de venderse por ser demasiado caros y porque sean lujos impensables para los pobres y analfabetas sino porque los universitarios no leen. Los libros son baratos y el hecho de que exista una población en la miseria no sirve de referencia ya que “los medios masivos tampoco son para estas masas.” La diferencia de los libros con los otros medios de comunicación es que cada título es único y su venta depende de la voluntad del lector: “nadie va a leer libros que no le interesen aunque se los den a la mitad de precio.”

Como se podría llegar a pensar, la culpa de que no se vendan más libros no es sólo de los gobiernos. Aunque es cierto que ha habido una actitud de verdadera negligencia por parte de los gobiernos al no ver en el apoyo de la industria literaria la posibilidad de un crecimiento rentable y noble, el verdadero rezago está en el desdén de quienes tienen la verdadera responsabilidad moral: las escuelas y universidades que no enseñan a leer, problema que comienza con la imposición de libros de texto obligatorios a lo largo del período de enseñanza básica y media hasta la limitación a dar cursos en los que se califica la participación ligera y donde no se enseña el gusto que produce leer un libro, desarticularlo, encontrar referencias, sentir que se ha creado un vínculo con el texto, participar en ‘la conversación’.

Hay otros dos elementos a considerar. Por un lado, concluye Zaid que “la iniciativa privada (…) ha dado un mejor servicio al país que el gobierno, y a un costo mucho menor. […] Por eso, la única intervención estatal deseable es la creación y buen mantenimiento de bibliotecas y salas de lectura que auspicien la creación de nuevos lectores, sobre todo juveniles.” Y remata con lucidez: “Habría que considerar el desperdicio monstruoso que es gastar miles de millones de pesos en enseñar a leer y luego no gastar en bibliotecas públicas”.

En segundo lugar, Escalante denuncia otro fenómeno muy llamativo. La explosión demográfica en las matrículas de las universidades no sólo no producen lectores sino que, a la par que la industria del espectáculo literario, incentiva la proliferación de características cancerígenas de textos destinados al olvido y de escritores wannabe iletrados: “el resultado es un crecimiento abrumador de las publicaciones académicas, de libros escritos para cumplir requisitos administrativos, es decir, que se publican para ser contados y no para ser leídos”. Publish or perish. Publico, luego existo.

d) Autores y críticos

Antes, las editoriales mantenían un catálogo más abierto ya que, por un lado, los títulos exitosos “amparaban” la publicación de aquellos menos comerciales o de digestión lenta, y, por otro lado, existía cierto aura espiritual alrededor de la figura del escritor de oficio y el intelectual. Hoy sólo se publica lo que pronostique un triunfo comercial y, por lo tanto, sólo puede vivir de las letras el escritor que cumpla con las normas estilísticas que Escalante llama “cinematográficas” y el que esté interesado en volverse celebridad. Como dice Zaid en su artículo de septiembre de 2003 en Letras Libres, el siglo XX ha cambiado la diversidad por la concentración, la constelación de libros por el Star System.

Por otro lado, la crítica literaria desaparece en función de la reseña sesgada con fines promocionales debido al control de las empresas de aquellos medios en donde se mencionan los libros. “El problema, acusa Escalante, no es el dinero, lo que agita a los escritores, a los editores, lo que intranquiliza es ver que los espacios de valoración pública del trabajo intelectual obedecen también a la lógica del mercado o, para decirlo con más claridad, están subordinados a esa lógica, como mera publicidad.”

Las consecuencias son graves. Los lectores, sobre todo los jóvenes, carecen de ámbitos de referencia y se produce lo que vaticina el sociólogo en la introducción de su estudio: “Parece probable también que se hayan hecho borrosos, mucho más que nunca, los criterios que permiten a cualquier lector distinguir entre libros buenos y malos.” Pero además, y lo que es más peligroso, “los pequeños públicos más exigentes de lectores habituales, ocupan una posición marginal no sólo para la industria del libro, sino para la vida pública.”

e) Lectores

Las bibliotecas intimidan porque los libros desafían. Pero “la dificultad de los libros está menos en los libros que en los hábitos de lectura”, asegura el autor de A la sombra de los libros. La lectura era hace siglos el lujo de unos pocos. Quienes podían pagar por ellos tenían que, además, saber leer de verdad. Las burguesías encontraron en las letras la forma de competir contra las aristocracias: el saber es poder, como supo Foucault. Sin embargo, “los ricos del siglo XXI son en su mayoría explícita y orgullosamente iletrados, e incluso eso se ostenta como signo de superioridad” ya que se sostiene que “la lectura no tiene nada que ver con el éxito material.” En el mundo de la pragmática, poco importa conocer cómo funcionan las cosas sino cómo hacer dinero con ellas.

La lectura, a diferencia de otras formas de comunicación, implica un acto voluntario en el que el lector impone su propio ritmo, concentración e interés a la hora de desarrollar sus capacidades críticas y “su apetito por la conversación en marcha”.

“El valor simbólico del libro, su consagración como objeto de alta cultura es parte de su valor como mercancía pero también, paradójicamente, es un obstáculo para su venta masiva”, escribe el doctor en sociología. La nueva industria se deslinda de estas barreras al producir libros sencillos, de lectura simple, que, al igual que las películas palomeras, sirvan de pasatiempo, en los que no haga falta pensar y donde el lector no sea más que un espectador. El incremento en las ventas no es evidencia de cultura sino un mero reflejo del poder de la mercadotecnia. “El hecho es indiscutible. Es cada vez más fácil y más frecuente que se identifique el volumen de ventas con la calidad, como sucede con la pasta de dientes preferida por los dentistas.”

La nueva industria de los libros plantea reajustes significativos que evidencian modificaciones estructurales en todos los niveles de su producción. La pregunta es cómo mantener la esencia sin perder la capacidad de renovación y adaptación; cómo resistir frente a este cambio generalizado que aboga a favor de una banalización de la cultura. “El cambio se explica en una frase: no tiene nada de particular que el negocio de los libros sea un negocio, pero sí es novedad que el contenido de los libros sea absolutamente secundario, insignificante”, sintetiza Escalante.

III. EL FUTURO

La profecía apocalíptica de la desaparición de los libros no es algo a considerar por lo pronto. El problema que encuentran los autores en la industria editorial no es que falten libros sino justamente que haya demasiados y que lamentablemente sean en proporción cada vez más los libros mediocres que los buenos. Esto se debe a cuatro instancias: la primera es que, debido a las facilidades tecnológicas, cualquiera puede publicar un libro, cualquiera puede volverse editor; la segunda es que todo el mundo se siente autorizado y motivado moralmente a escribir un libro, a pesar de no leer y no tener interés alguno en las letras; esto último se debe a la tercera instancia ya que son las universidades las que fomentan escritores (‘publicar o perecer’) y no lectores; y en la cuarta está la industria del espectáculo, a partir de la que no hace falta ser escritor para sacar un libro y gracias a la que se infla el mercado a partir de libros sobre escándalos mediáticos, best-sellers empaquetados de fórmula repetida y biografías de futbolistas y estrellas de la tele. “Actualmente sucede con frecuencia que lo primero sea la fama, la celebridad, y que vengan después los libros, que se venden por eso.”

Pero “la situación actual también ofrece oportunidades nuevas a los pequeños editores (…); en la medida en que los grandes grupos están dedicados a competir entre sí con una oferta mediocre, de escasa variedad, queda un margen acaso mayor que el que había antes para los libros bien hechos, escogidos con cuidado.” El problema de esta hipótesis es que sólo es plausible en un mercado diverso, de sana competencia, donde las editoriales y librerías independientes tengan la posibilidad de acceder a su público objetivo (sea cual fuere) sin ser aplastados por las grandes compañías.

La nueva Ley del libro en México plantea el primer paso hacia el reacomodo para un nueva partida. Aunque es menester un proyecto integral para consolidar los hábitos de lectura en el país para “garantizar a quien lo quiera la oportunidad de convertirse en un gran lector”, como insiste una vez más Escalante, en el que será absolutamente imprescindible volver a replantearse el papel de la lectura no ya como un pasatiempo ocioso de élites de pose intelectual pedante sino como una verdadera apuesta hacia el futuro. Lo ideal sería lograr nuevos planes de estudio focalizados en el aprendizaje en pos del deleite de las letras, eliminar la imposición de libros de texto gratuitos en las escuelas para reintegrarlos dentro la oferta y sustituirlos por bonos para que los alumnos se hagan familiares con las librerías, para que la construcción de bibliotecas públicas no sea un desperdicio de espacio y dinero sino una inversión en el porvenir de las próximas generaciones y, por ende, de México.

“Sin duda las nuevas tecnologías permitirán que haya más títulos, y que sean más fáciles de conseguir, pero básicamente para quienes sepan de antemano lo que quieren leer”, y por lo tanto, no es ese el público bajo amenaza. El que pierde es el grueso de la población que potencialmente podría volverse lector habitual –tanto los que no leen porque no se les ha enseñado a leer como quienes leen sólo lo que la industria del espectáculo les ha convencido que es válido. No se trata de que la lectura sea masiva, sino que cada posible lector tenga la oportunidad de pasar de ser potencia a ser hecho, que la oferta y la accesibilidad le permita llegar a ese libro iniciático que le despertará la pasión por cualquier rango dentro de las bellas letras, sea en la literatura, las ciencias, o la metafísica del ñandú patagónico. Para luego sentir el vértigo de decir, como Zaid, “yo sólo sé que no he leído nada”, y no sentir agruras sino cada vez más y más hambre.

BIBLIOGRAFÍA

– Fernando Escalante Gonzalbo, A la sombra de los libros: lectura, mercado y vida pública, El Colegio de México, 2007, México DF.

– Gabriel Zaid, Los demasiados libros, Ed. Carlos Lohlé, 1972, Buenos Aires.

– Gabriel Zaid, “Diversidad y concentración en el mundo del libro”, en Letras Libres de septiembre de 2003, México.

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