LOS HUNDIDOS Y LOS SALVADOS, Primo Levi

“Some rise by sin, and some by virtue fall”

William Shakespeare

Measure for measure

En septiembre de 1943, las fuerzas alemanas invadieron el norte de Italia y liberaron a Benito Mussolini, quien fue impuesto como líder de la nueva República Social Italiana. Primo Levi, un joven químico italiano, se unió en octubre al movimiento de la resistencia Justicia y Libertad, pero fue capturado casi inmediatamente. Se salvó de ser fusilado por la milicia fascista por reportar su origen judío y fue enviado al campo de concentración de Fóssoli, cerca de Módena, en enero de 1944, donde las condiciones de vida eran todavía humanas.

Las tropas alemanas se hicieron cargo de Fóssoli y el 21 de febrero los judíos fueron separados y subidos a doce vagones de un tren de carga, donde permanecerían encerrados hasta llegar al centro de exterminio polaco de Auschwitz. Cinco días duró el trayecto. No habían llegado pero el tormento ya había empezado: la sed, más dolorosa que el hambre (“El hambre extenúa, la sed vuelve loco”), y la resistencia por no perder su condición humana.

Llegaron de noche. Algunos habían muerto en el camino y la gran mayoría de los restantes fueron llevados directamente a las cámaras de gas. Primo Levi comprendió la primera pregunta que le hicieron. ¿Podía trabajar? Sí, podía. Como al resto de los internos, lo despojaron de toda pertenencia, incluido el vello, le entregaron dos zapatos (dispares) de madera y lo vistieron con aquel uniforme a rayas que se diferenciaba del resto únicamente por los números: 174517. Después le correspondería el tatuaje en el brazo izquierdo, ese estigma que enseñaría (al llevar camisas de mangas cortas) con orgullo y dignidad cuando, años después, visitara Alemania en viaje de negocios.

Menos de un año pasó Primo Levi en Auschwitz, y quizás este dato sea un elemento más para poder entender su supervivencia, algo que sólo puede ser comprendido si tomamos en cuenta esa “acumulación de circunstancias afortunadas” que le permitieron ser uno más de esas ‘excepciones’, como lo llama él en Los hundidos y los salvados, tercer libro que comprende su experiencia en el Lager.

Entre estos factores azarosos, que el escritor denomina “privilegio” (“grande o pequeño; es decir, un modo conferido o conquistado, astuto o violento, lícito o ilícito, de elevarse por encima de la norma”), encontramos que Lorenzo Perrone, un albañil italiano le proveyó una ración extra de sopa diaria, su grado como químico le permitió evitar el trabajo pesado porque a partir de mediados de noviembre comenzó a asistir en el laboratorio Buna, se enfermó de escarlatina unos meses antes del rendimiento nazi y por esto se salvó de las últimas torturas (“violencia inútil”) que los alemanes realizaron sobre los presos restantes. Pero la circunstancia a la que hace referencia el autor en este libro, y a la cual coloca en segunda posición de importancia –sólo debajo de la suerte de no ser escogido para las cámaras–, es la cuestión del idioma.

Comunicación se llama el cuarto ensayo –de ocho que tiene el libro– y reflexiona sobre cómo “ese mecanismo necesario y suficiente para que el hombre sea hombre, había caído en desuso”. El problema en Auschwitz –donde “al látigo de goma se le llamaba (…) el intérprete”– era que, no sólo porque no eran considerados como humanos los judíos sino porque la utilización del polaco y el yiddish por los presos y también porque la ignorancia del alemán (“Saber alemán era la vida”) impedía una fácil integración a los italianos, la mayoría de sus compatriotas (sin contar los que fueron exterminados) perecieron por alguna razón relacionada a esta “falta de información”, asegura Levi.

Dice el autor que “ha llegado el tiempo para explorar el espacio que separa a las víctimas de los perseguidores (…), y hacerlo con una mano más ágil y un espíritu menos confuso de como se ha hecho, por ejemplo, en algunas películas.” Este espacio que separa el blanco del negro es justamente lo que él llama la Zona Gris.

La violencia en el campo era constante. Provenía de los soldados y su “deliberada intención de humillar”, su obsesión por la reducción de los judíos a la inhumanidad, el conjunto de mecanismos a través de los que los nazis, concientes de lo que hacían, les delegaban parte del trabajo sucio ya que “antes de morir, la víctima debe ser degradada, para que el matador sienta menos el peso de la culpa.”

Pero también provenía –y esto era aún más desconcertante para los recién llegados ya que “es difícil defenderse de un ataque para el cual no se está preparado”– de los propios judíos, de la zona gris. Los ejemplos son reveladores. Los Kapos tenían puestos de mando y el poder de reprimir con impunidad hasta la muerte. Chaim Rumkowski, “Rey de los Judíos”, déspota del gueto de Lódz, que “ambicionaba (de sus hambrientos súbditos) no sólo obediencia y respeto sino también amor.” La Escuadra Especial era el “grupo de prisioneros a quienes les era confiado el trabajo en los crematorios”, y que la SS se encargaba de que ninguno “pudiese sobrevivir y contarlo.”

“Haber concebido y organizado las Escuadras ha sido el delito más demoníaco del nacionalsocialismo.” No sólo no escondía el nivel de cinismo y desprecio por la vida del enemigo judío sino que se trataba de una maquinaria intencional de complicidad donde “podemos leer una risa satánica: está consumado, lo hemos conseguido, no sois ya la otra raza (…). Os hemos abrazado, corrompido, arrastrado en el polvo con nosotros. También vosotros como nosotros y como Caín, habéis matado a vuestro hermano.”

La figura de Caín se repite en otro ensayo del libro, en el de la vergüenza. Poco se habla sobre la culpa que sintieron las víctimas al ser liberadas, y la confrontación con esta realidad es parte del objetivo de este libro y que choca justamente contra los estereotipos que se desprenden de la historia del Holocausto.

La liberación no fue alegre, todo lo contrario. La libertad permitió a los presos realizar un acto reflexivo, una torción sobre sí mismos, en el que pudieron verse al espejo por primera vez en mucho tiempo. El instinto de supervivencia los había mantenido en el presente; el pasado estaba perdido y el futuro no existía. Los suicidios se dieron a partir de este momento, cuando volvieron a adquirir la condición humana que los nazis les habían arrebatado, y la conciencia de su inhumanidad pasada fue lo más difícil de superar. La culpabilidad propia siempre es más complicada de  afrontar que la ajena. Primo Levi busca demostrar la complejidad de lo ocurrido para evitar los juicios apresurados e inconcientes, tanto hacia los alemanes como hacia los judíos y la zona gris.

Si esto es un hombre recuenta la realidad en el Lager con la serenidad y la valentía que lo identifican, y fue escrito pocos meses después de regresar a Italia, odisea que será el tema de La Tregua, segundo episodio de la trilogía. Los hundidos y los salvados tiene un objetivo diferente a las otras dos partes. Al ser escrito más de cuarenta años después, no tiene la novedad que implicaron las otras ni tiene el fin de proponer la confrontación de una realidad reciente, de una herida aún caliente, de mostrarle al mundo que eso que vivieron las víctimas fue cierto, en contraste con lo que se creía durante la guerra.

Este libro apunta a mantener actualizada la memoria (“un instrumento maravilloso, pero falaz”), a impedir la negación de la Historia y a continuar con el esfuerzo para que nada parecido vuelva a suceder. Pero también tiene una finalidad diferente de los otros dos libros, ya que se esfuerza por evitar que el recuerdo del Holocausto (aunque este término no le haya convencido del todo) permanezca en la memoria colectiva como una abstracción, únicamente según los estereotipos en los que suele caer la cultura popular, y para esto es que se busca revisar con profundidad los matices que existían en los Lager, esa Zona Gris que se suele omitir cuando se habla de ellos, por vergüenza, por la incapacidad de comprender.

Primo Levi no se estanca en la búsqueda del por qué (“las simplificaciones sólo son buenas para los libros de texto, y los motivos pueden ser muchos, contradictorios entre sí, o incognoscibles, si no realmente inexistentes”) pero sí trata de hacer un esfuerzo por entender al pueblo alemán y a los que compartieron su propia pesadilla. Los hundidos y los salvados desenmascara el pasado para poder acercarse a eso que se encuentra entre los claroscuros, eso que nos permite ver las cosas más allá de los estereotipos, las caricaturas, los maniqueísmos y las trampas de la memoria; en definitiva, acercarse a la verdad.

Se trata de un examen que intenta no conformarse con las generalizaciones sino utilizar a los personajes desde un punto de vista científico más que humanista, ya que “Son seres humanos, pero también ‘muestras’, ejemplares en sobres cerrados, que hay que reconocer, analizar y pesar.” Lejos de fungir como juez –trabajo que delega a las leyes oficiales–, el autor le “correspondía comprender, entender” además de que “la venganza no (l)e interesaba”. El tono con el que escribe y el hecho de no guardar rencor no significa que haya perdonado, sino que demuestra una verdadera nobleza de espíritu admirable y sumamente extraña, razón por la que su obra es aún más imponente y, sobre todo, veraz.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s